Alfonso Torres Fernández nació en Zurgena el 27 de agosto de 1879, duodécimo hijo de Antonio Torres y Catalina Fernández, una familia humilde. Gracias a la ayuda económica de un clérigo, pudo iniciar estudios de Humanidades en el seminario de Almería (1892). Sin haber concluido Filosofía (1899), ingresó en el noviciado de los jesuitas de Granada, aunque su padre lo reclamó poco después.
Tras un año de Teología y con el apoyo de su benefactor, marchó al Colegio Español de Roma, donde se doctoró en Filosofía y Teología por la Universidad Gregoriana, obteniendo además el título de bachiller por la Academia de Santo Tomás. Fue ordenado sacerdote en 1903.
De regreso a España obtuvo una canonjía en Cádiz y comenzó a destacar como predicador (1905). Durante un retiro en Málaga con el jesuita José M. Aicardo, decidió ingresar definitivamente en la Compañía de Jesús (1908). Emitidos los votos y repasadas Filosofía y Teología en Granada y Murcia, fue destinado a la Casa Profesa de Madrid (1912).
En Madrid desarrolló una intensa actividad como predicador, director espiritual y confesor, reconocido por su elocuencia, prudencia pastoral y profundidad doctrinal. Supo integrar la exégesis bíblica tradicional con la espiritualidad ignaciana, marcada por la teología de la cruz y un tono abierto a la mística teresiana. Parte de sus *Lecciones sacras* fueron publicadas por *El Siglo Futuro*.
Destacaron sus conferencias cuaresmales, sus proyectos apostólicos y su apoyo a la erección del monumento al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles (1919). Tras su año de retiro en Manresa, fundó en Madrid la Congregación de Caballeros del Pilar (1920), decisiva para la construcción de una parroquia del mismo nombre.
En 1921, la Casa Real le encargó la oración fúnebre tras el asesinato del presidente Eduardo Dato. Entre 1921 y 1925 realizó dos viajes de estudio a Palestina y otro de predicación por Argentina y Chile.
Tras la separación de las provincias jesuíticas central y sur (1924), permaneció en Madrid y fue superior de la Casa Profesa (1927). Apoyó la fundación de varios monasterios femeninos reformistas impulsados por María Maravillas Pidal (canonizada en 2003).
En la Semana Santa de 1931 pronunció un sermón premonitorio. Poco después, la Casa Profesa fue incendiada tras la proclamación de la Segunda República. La comunidad tuvo que huir, perdiéndose reliquias, biblioteca y enseres. En 1932, expulsada la Compañía de Jesús, Torres debió ocultarse y finalmente escapar a Portugal y luego a Roma.
En Roma atendió a la colonia española y a los exiliados, entre ellos Alfonso XIII. Predicó en italiano, profundizó en estudios bíblicos y dio ejercicios espirituales en Francia y Bélgica.
Con el inicio de la Guerra Civil regresó a España (1937), siendo superior en Sevilla (1938‑1940). Más tarde volvió a Madrid (1942‑1943) para restaurar la Congregación del Pilar.
Con la salud debilitada, regresó a Sevilla (1944). Aun así aceptó impartir cursos de predicación en la Facultad Teológica de Granada, marcados por la teología paulina. Falleció en Granada el 29 de septiembre de 1946, víctima de una perforación intestinal. En 1970, sus restos fueron trasladados al monasterio carmelita del Cerro de los Ángeles.
Alfonso Torres Fernández dejó fama de orador insigne, maestro espiritual y consejero prudente. Su doctrina, exigente pero delicada, influyó profundamente en la espiritualidad española de su tiempo. A pesar de las críticas que sufrió en sus últimos años, su prestigio se mantuvo en amplios sectores de la Iglesia y de la Compañía de Jesús.